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domingo, 10 de junio de 2018

PENSAMIENTO CRÍTICO EN LA ESCUELA CONSERVADORA

PENSAMIENTO CRÍTICO EN LA ESCUELA CONSERVADORA
Por Gustavo Villamizar D.

En la educación, como en todos los ámbitos de la dinámica social, las incongruencias, las incoherencias, resultan asaz negativas. Sobre todo aquellas en las que se quiere juntar “vinagre y aceite”, intentando conciliar principios y fundamentos en medio de propuestas que procuran maquillar el modelo educativo nacional favoreciendo sin atenuantes el llamado “gatopardismo”, es decir, cambiar en apariencia para que nada cambie. A través de la historia ha sido común y recurrente el discurso de la reforma y la transformación educativa a partir de maquillajes, de cambios de utilería que en nada tocan o comprometen los elementos de fondo del modelo y los procesos educativos. Son las más de las veces, simples cambios en el hacer, la modificación de procedimientos y actividades que no afectan lo sustancial y por el contrario terminan oxigenando modelos agotados y obsoletos.

Digo esto porque en el discurso del Ministro de Educación Elías Jaua, registrado en su programa radial y en declaraciones a los medios de comunicación, insiste y hace mención de los proyectos de transformación educativa puestos en ejecución tanto en la educación primaria como,  en este año escolar en específico, en la media y media técnica. Sin embargo, basta hacer una visita a instituciones escolares y observar las características de sus rutinas y actividades, para advertir, con preocupación que ahora transmito, que no se está haciendo nada  o excepcionalmente, muy poco. El día a día de nuestra escuela transcurre en una rutina predecible y fatigante, totalmente agostadora como la califica la Prof. Aurora Lacueva, toda vez que antes de alentar el aprendizaje, la búsqueda y la alegría de saber, hace lo que el sol de agosto en las siembras, prados y bosques de los países del hemisferio norte. Son jornadas repletas de copias y dictados, con contenidos alejados de los intereses de los discentes, de aburridas consultas a textos escolares obsoletos ante la resistencia a utilizar los de la Colección Bicentenario, de computadoras portátiles –Canaimitas- sin uso o utilizadas sin conexión en una simple sustitución del cuaderno tradicional, con evaluaciones que no superan las respuestas memorizadas a preguntas intrascendentes y paremos de enunciar, en un permanente cultivo del pensamiento único, antagónico del pensamiento crítico a que se aspira. 

No es posible hablar de transformación del modelo educativo si no se procede de verdad y en serio a promover el quiebre del actual, obsoleto e improductivo. Hay que, como lo expresa Eduardo Galeano, poner “patas arriba la Escuela”, desechar las actividades escolares incapaces de atraer a niños y jóvenes a aprender, desterrar los procesos que no activan ni incentivan las funciones superiores de la mente, abandonar la creencia de que solo se aprende en la escuela y acercarse a abrevar en los saberes que por montones circulan fuera de ella, cuya relevancia resulta igual o mayor a  los pocos que se logran en la institución hoy día. Y sobre todo, comprender que ni los docentes ni la escuela poseen todos los saberes que “deben transmitir”, mucho menos en la realidad actual denominada “sociedad del conocimiento”, en la que se reducen a diario los lapsos de vigencia y duplicación del conocimiento universal.

Esta propuesta de subvertir la dinámica escolar no es para acabar con la institución educativa, es por el contrario para salvarla. Se trata de preservarla, garantizar su vigencia,  porque de seguir así pronto perderá su valor primordial en la sociedad. Es tiempo de revisar las nociones de enseñanza como proceso de transmisión, así como del aprendizaje acumulación de saberes inconexos e irrelevantes y experimentar   con el aprendizaje cooperativo, entre todos,  buscándolo dentro y fuera del aula y  la escuela, recurriendo a la tecnología, a libros, revistas y recursos diversos y también  a la experiencia y al saber de personas de la comunidad. Es la hora de superar la limitación del aula y la hora de clase en las que se aprenden “pastillitas” sin relación, para comprometerse con el logro de saberes amplios, profundos, contextualizados, generadores de nuevas interrogantes y renovadas incitaciones a la aventura de despejarlas. Pero sobre todo, hay que contar con la motivación y el entusiasmo de los buenos educadores, que los hay en cantidad.     

lunes, 6 de junio de 2016

CULTURAS NACIONALES Y ESCUELA Por Gustavo Villamizar

CULTURAS NACIONALES Y ESCUELA

Gustavo Villamizar D.

El cuento de la globalización o la mundialización, la posibilidad de conectarnos con pueblos y culturas de otras latitudes, lejanas, desconocidas, sorprendentes, que parecen haber hecho realidad los sueños de Marco Polo y otros grandes navegantes en su ansia de conocer y acercar diversas culturas con sus señales singulares, ha venido acompañado de un desarrollo sin precedentes de lo que se denomina la “industria cultural”. Una poderosa avalancha de información, música, moda, productos de entretenimiento, juegos, películas, videos, literaturas menores y otros más, como el fast food, la vida light, el ritual del cuerpo y los patrones de belleza, el consumismo y la frivolidad, conceptuada por muchos como la punta de lanza de la occidentalización del mundo y definida por Vargas Llosa (2012), a través del título de uno de sus libros, como la “Civilización del Espectáculo”, cuya característica fundamental es el entretenimiento como valor supremo, en la que divertirse, escapar del aburrimiento, es la pasión universal.

En medio de tales realidades, que en últimas no son otra cosa que la imposición de los valores del capitalismo, se desenvuelve nuestra cotidianidad y por supuesto, la escuela. Bajo estas influencias, cada vez mayores, llegan nuestros muchachos a la institución y ella en su perplejidad ante tan novedosas circunstancias, simplemente replica tales influjos, sin más. Parece que no hay fuerza, ni base pedagógica  y tampoco voluntad para revertir esta agobiante influencia que pesa tanto en lo actitudinal y en los factores conformantes de la personalidad y la ética de niños y jóvenes.

La sociedad y las instituciones (familia, escuela, medios de comunicación, etc.) son responsables de la formación de los ciudadanos, procurando atención a las diversas áreas que comprenden su desarrollo integral. Una de ellas es la relativa a los saberes de la nacionalidad y el acercamiento a las culturas nacionales, a partir de las cuales se forja el conocimiento del país, su historia, sus gentes, bellezas naturales,  riquezas,  su estima, valoración y  arraigo a la tierra. En nuestras instituciones educativas es poco lo que se hace en este sentido, algunos proyectos que se han activado se cumplen a regañadientes,  sobre todo en el sector privado y por supuesto, sin la intervención de la supervisión escolar.

El tapiz cultural venezolano es de tal manera diverso y fascinante que puede considerarse casi inagotable. Mientras el mundo asiste a un debilitamiento de la industria cultural marcado por la repetición, el reciclaje y la carencia de innovaciones,  constituimos un auténtico reservorio de culturas con cualquier cantidad de matices, algunas prácticamente vírgenes, incontaminadas y es a toda vista inexcusable que nuestro sistema educativo tenga tan poco que ver con ellas. A nuestro derredor hay una fuente casi inextinguible de manifestaciones culturales cargadas de un maravilloso mestizaje por lo cual resultan absolutamente singulares e impactantes.

Nuestros centros educativos deben convertirse en focos, sedes, ambientes de las ricas culturas nacionales con toda su diversidad y plenitud, convertidos en elementos de contención ante la asimilación sumisa, casi natural de los factores repetitivos, sin calidad ni sorpresa, que nos presenta a diario la industria del espectáculo. No se trata de cerrarse a lo de afuera, sino de conocer, valorizar y fortalecer  lo nuestro para confrontarlo en un diálogo fructífero con lo  foráneo, como vía para no sucumbir ante la frivolidad y las manifestaciones prefabricadas, plenas de luces, utilería y efectos que caracterizan la cultura de la frivolidad.  

domingo, 17 de abril de 2016

EDUCACIÓN Y NACIONALIDAD (Gustavo Villamizar D.)

Les dejo con este Artículo del Profesor Gustavo Villamizar, publicado hoy 17 de abril en el Diario La Nación.

EDUCACIÓN Y NACIONALIDAD

Gustavo Villamizar D.

La sociedades han encomendado a la  educación  diversos objetivos y responsabilidades, algunos de los cuales considerados connaturales y aun inmodificables, como la conducción del niño a la vida ciudadana según los fines establecidos por esas sociedades. La educación en todos sus espacios y vías compromete procesos, imperceptibles los más,  que contribuyen a moldear, a generar saberes y valores que seguramente marcarán su acción ciudadana. Digo educación y no escuela porque aquella es universal, extendida por todos los ámbitos sociales y el sistema escolar es apenas un pasaje en la vida. Digo educación porque ella corresponde a la sociedad, al colectivo, a sus instituciones, unas más que otras, aunque la escuela tenga la mayor implicación.

La sociedad y la escuela en particular, tienen gran responsabilidad en lo que corresponde a la conexión del educando con su entorno, su manera de ser y vivir, sus creencias, religión, usos, costumbres y por supuesto, con el conocimiento de su territorio y su historia. Son muchos los textos que consagran tales fines a la educación como nuestra Constitución, la Ley de Educación y la Declaración Universal de los Derechos del Niño, la cual en sus artículos 28 y 29, insiste en el derecho a la educación y establece que ella debe “inculcar en el niño el respeto por sus padres, por su identidad, su lengua y sus valores culturales, así como el respeto por los valores nacionales del país en el que vive, de su país de origen y por civilizaciones distintas a la suya”. De manera que resulta una obligación de la familia, en primer término, la escuela con dedicación especial, los medios de comunicación, las iglesias, las asociaciones e instituciones, contribuir a la difusión de sólidos valores relativos a la nacionalidad, aupando su respeto, su cultivo y sobre todo, el orgullo por los elementos particulares y singulares de la cultura propia que nos hacen ser únicos en el planeta y diferentes de los demás, a quienes igualmente, debemos respetar.

Siento que resulta de gran relevancia insistir en este papel de la educación y la escuela en particular, en momentos en que los grandes conglomerados de la comunicación, interesados en difundir un supuesto borrón de las fronteras en medio de una sensacional globalización del consumo y el “éxito”. Nos van haciendo ver lo propio como pintoresco, atrasado, arcaico, feo y hasta vergonzante, en medio de la visión perpleja de los nuevos paraísos de hierro, cemento y tecnologías encandilantes. Se impone revalorizar nuestra mirada de pueblos emergentes con naturalezas imponentes, bellezas indescriptibles, sorprendente diversidad, colosales riquezas naturales, gente que sonríe, sueña y lucha  y una historia de libertad y dignidad definitivamente enorgullecedora.

Participar de la globalización, ser universal, no es renunciar o denigrar de lo propio, local, cercano, asumiendo culturas, lenguas y modos de ser de lejanas tierras, como a veces se cree. La globalización, no es un proceso en el que lo local se funde en un mundo único, homogéneo, de costumbres, valores,  creencias y quehaceres similares. Es lo particular lo que enriquece el abanico de lo global, son los matices, los elementos distintivos los que aportan la diversidad y su riqueza inagotable. Una sociedad en la que todo sea igual, será sin término de duda, una sociedad menguada en lo humano y hasta en lo divino, porque todos creerán y profesarán las mismas verdades.

De manera que la cuota de la escuela en la lucha por mantenernos distintos, diferentes, respetando lo diverso de los demás y haciendo respetar los nuestros, está en eso precisamente, en cultivar los casi inagotables matices y formas de nuestras culturas, valores, visiones y haceres, garantía fundamental del destierro del pensamiento único y la pretendida “cultura universal”. ¿Difícil? Sí, ¿laborioso y exigente? También. Pero sobre todo gratificante, como debe ser todo lo que se haga en la escuela.

“No hay globalidad que valga sin localidad que sirva”. Carlos Fuentes.